Crónica días 6 y 7 festival de San Sebastián (73SSIFF)
Por tener un hueco libre esta mañana decidimos coger entrada para una película de sección oficial ―que quedó fuera de competición― aunque no nos generara mucho interés, y ha terminado siendo una de nuestras favoritas ―y, por lo que hemos ido escuchando, de todo el que la ha visto―. Flores para Antonio (Isaki Lacuesta, Elena Molina) es un documental sobre la vida de Antonio Flores hasta su fallecimiento que ha terminado por emocionar a todos los espectadores.
No me convenció en absoluto Segundo Premio, el anterior trabajo de Lacuesta, principalmente por la artificialidad que respiraba aquel biopic, pero en este caso huye por completo de caer en lo mismo. A diferencia también de lo que comentaba el otro día con El último arrebato, los directores no se incluyen a sí mismos en el asunto, sino que emplean la figura de Alba Flores ―hija del cantante― para que sea ella quien de manera diegética genere hy justifique esas "entrevistas" más propias del documental, en busca de respuestas a preguntas que nunca se había hecho sobre su padre. El naturalismo con el que todo fluye hace que no se sienta pesada en ningún momento y al estar presentes únicamente personas cercanas a él no hay ningún fragmento aparentemente menos importante que otro o que parezca no aportar nada al retrato. La dirección de arte y el montaje ayudan muchísimo a que el conjunto se eleve, mezclando la entrevista con otras escenas animadas y montajes-collage muy frenéticos, que crean un imaginario además acorde con todo lo narrado ―como se puede entender llegado cierto momento del doy documental―.
Tal vez la diferencia entre este y otros es que hay un interés por escuchar, y se termina reflejando y traspasando al espectador. Un corazón gigantesco es fácilmente vislumbrable en el proyecto y resulta el causante de que, aun no teniendo ninguna relación anterior con el cantante, no se emocione escuchando su historia.
No me convenció en absoluto Segundo Premio, el anterior trabajo de Lacuesta, principalmente por la artificialidad que respiraba aquel biopic, pero en este caso huye por completo de caer en lo mismo. A diferencia también de lo que comentaba el otro día con El último arrebato, los directores no se incluyen a sí mismos en el asunto, sino que emplean la figura de Alba Flores ―hija del cantante― para que sea ella quien de manera diegética genere hy justifique esas "entrevistas" más propias del documental, en busca de respuestas a preguntas que nunca se había hecho sobre su padre. El naturalismo con el que todo fluye hace que no se sienta pesada en ningún momento y al estar presentes únicamente personas cercanas a él no hay ningún fragmento aparentemente menos importante que otro o que parezca no aportar nada al retrato. La dirección de arte y el montaje ayudan muchísimo a que el conjunto se eleve, mezclando la entrevista con otras escenas animadas y montajes-collage muy frenéticos, que crean un imaginario además acorde con todo lo narrado ―como se puede entender llegado cierto momento del doy documental―.
Tal vez la diferencia entre este y otros es que hay un interés por escuchar, y se termina reflejando y traspasando al espectador. Un corazón gigantesco es fácilmente vislumbrable en el proyecto y resulta el causante de que, aun no teniendo ninguna relación anterior con el cantante, no se emocione escuchando su historia.
Historia que además ―y cambio ligeramente de tema― va siendo contextualizada con el pasar de los años del país, lo que en cierto punto me hizo recordar a la última de Carla Simón y, al pensar en su tratamiento de una misma época, volví a La voz de Hind que comentaba por aquí hace unos días, entendiendo que tal vez su mayor error fuese precisamente ese: No contextualiza en absoluto. El conflicto palestino es algo que queda "ausente" en sus diálogos y, aunque ahora sea algo en boca de todos, vista dentro de 20 años habrá quedado como una película de un caso policial más. Todo esto hace que me sorprenda que ―según los datos que nos llegan hoy― sea la película mejor valorada por el público en la historia del festival.
Pero bueno, volviendo a los estrenos veíamos también lo nuevo de Ratanaruang, Morte Cucina ―que se exhibía curiosamente en la sección de Culinary Zinema―, un thriller a lo rape revenge, bastante oscuro, raro, cuestionable incluso, pero sin mucho que destacar más que ciertas escenas eróticas que parecían ser lo único reseñable al salir de la sala.
Después vimos el primer documental de Lucrecia Martel ―aunque se nota que la mujer tiene ya experiencia en el medio― y nos lo pasamos un poco mejor. Nuestra Tierra es una obra profundamente política, un ejercicio etnográfico que no queda tan lejos de su anterior largometraje, Zama ―que resultaba ya un comentario sobre el colonialismo―. En ella se cuentan los juicios de 2018 en relación con el asesinato del cacique de Chuschagasta ―comunidad de Tucumán―, donde se acusó a un empresario ―y dos cómplices― que quiso realizar una explotación minera en tierras que los comuneros reclamaban como propias.
Martel trata el asunto con la elegancia que le caracteriza, y con un sentido del humor bastante inesperado, pero que funciona de maravilla, buscando profundizar en la historia del colonialismo y el despojo territorial, las diferencias de clase y el racismo, todo a través de distintos recursos, desde el uso de material de archivo hasta algunos pasajes en los que se nos muestra mediante antiguas fotografías el pasado de las familias. Martel deja espacio para que conozcamos pues a los distintos personajes y costumbres, incluso la fauna y flora del lugar ―en algunas escenas con drones que recorren su geografía―.
Tal vez pudiera recortarse algo de su metraje, creo que principalmente de algún que otro testimonio o de su primera mitad, pero es una obra profundamente valiosa, necesaria desde esa mayúscula T(ierra) del título que apela no sólo a una reivindicación concreta sino a una urgente advertencia.
Siguiendo con autores de renombre, aunque con resultados no tan gratos, Edward Berger ha presentado Ballad for a Small Player, su nueva película distribuida por Netflix. Una historia cliché de ascenso y caída de un ludópata encarnado por Colin Farrell. Resulta llamativa en lo técnico en un principio ―la paleta de colores es bastante llamativa y su banda sonora funciona realmente bien―, aunque en la rueda de prensa el director nombraba como influencias directas a un Hou Hsiao-Hsien y un Johnnie To que no parecen estar presentes por ningún lado. Por lo demás, como digo, es una película que no funciona más allá de sus minutos iniciales, reiterativa, y con bastantes pocos puntos de interés.
Y aunque saliese ya bastante disgustado ahí estaba Lanthimos para rematar el día con la que es posiblemente la peor película de su carrera ―que parece ir en picado irreparablemente, y al margen por supuesto de Kinetta―. Junta lo peor de Kinds of Kindness con la poca gracia de Poor Things, en un remake bastante libre de Save the Green Planet! (2003) mezclado con una especie de mal llevado Cronenberg ―al que tiene la valentía de referenciar en un plano― y otra de las películas que peor han entendido al canadiense en estos años, La sustancia.
Bugonia es previsible desde el primer minuto, lo que hace que sus dos horas de prácticamente plano-contraplano no sean precisamente divertidas, menos aún con el catastrófico final ya marca de la casa que uno puede ir anticipando si conoce al director. Poco o nada que salvar de aquí.
Para devolvernos un poco la fe estaría esperándonos por la tarde la nueva película de Shō Miyake, Two Seoasons, Two Strangers. Brillante, impecable técnicamente y sorprendente en cada escena que pasaba, como se comentaba en el coloquio posterior ―donde el director además dejaba entrever que al crear las películas las piensa directamente en el montaje, buscando una conexión lógica entre secuencias, algo que se aprecia especialmente bien en esta―. Un preciosísimo retrato sobre la soledad y la incomunicación en clave metacinematográfica, narrado con muchísimo pulso y una elegancia formal irreprochable.
Terminando el día con la adaptación de El extranjero que muchos han intentado y uno no esperaría que precisamente a Ozon fuera a salirle bien. Y así ha sido, aunque tiene momentos de cierta lucidez tras la ridícula escena inicial ―que sólo busca querer cambiar la estructura del relato por aportar cierta novedad, supongo―. El problema es que de por sí es un relato difícil de adaptar, y su segunda mitad la dedica enteramente a una voz en off que explica todo sin apoyarse en ningún momento en la imagen. Imagen la cual por cierto es espantosa, con una fotografía en blanco y negro que ya ha tratado Ozon de llevar más de una vez a su esteticismo totalmente vacío, pero aquí es más fea que nunca, y termina haciendo que el visionado cueste incluso más de lo que debería.



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