Crítica: THE MASTERMIND (Kelly Reichardt, 2025)
Tal vez salir sonriendo de una sala de cine y seguir haciéndolo días después sea un motivo más que suficiente para dedicarle un artículo a esta película. Curiosamente entraba a ella refunfuñando por este "cine de la crueldad" que tan de moda se ha puesto mientras observaba frente a mí los carteles de las salas. The Mastermind es radicalmente opuesta a eso.
Lo cierto es que no noto, como otros afirman, ni en Certain Women ni en esta película la ausencia del coguionista habitual de Reichardt, el novelista Jonathan Raymond. Creo que se vale por sí misma y alcanza un valor igual en sus proyectos "en solitario". En su nuevo trabajo parece repetir ciertos patrones habituales, pero no deja de sorprender nunca su cuidadísima y natural fotografía así como su forma y talento para capturar lo cotidiano sin ningún tipo de intervención brusca. La distancia de la cámara es la idónea para permitirnos observar desde una posición neutra a sus personajes, en este caso a su torpe protagonista, sin ningún tipo de necesidad de ridiculizarlo o crear escenas sentimentales/cómicas a su costa —el peso moral recae prácticamente en su totalidad en el personaje de su mujer—.
El hecho de no mostrar datos sobre el personaje de O'Connor ni su pasado parece una decisión acorde a esta distancia. No necesitamos apoyarnos en datos sobre su vida previa para juzgarlo, lo hacemos únicamente sobre los gestos que le observamos durante la película —además, si supiéramos algo de su procedencia, posiblemente empezaría a reinterpretarse todo de distinta forma, cambiando incluso de categoría la propia película—.
En líneas generales la película actúa de forma ciertamente opuesta a como actuaría cualquier otra película. No sólo porque hoy día nadie se atreva a filmar ese atraco inicial tan bressoniano como si de cine mudo se tratase, sino porque hay en todas las escenas decisiones que no dejan de sorprender al espectador —se me ocurre ahora el comienzo del robo, cuando O'Connor deja a sus compañeros en la puerta del museo y, si cualquier otro director hubiese prescindido ya de "el tío del coche" hasta que tocase recoger a los verdaderos héroes, aquí Reichardt nos hace acompañarlo un buen rato hasta su aparcamiento—, que la convierten en una película antiépica que, aún pasando por muchos espacios comúnes, logra distanciarse de todos ellos.
Una puesta en escena con muchísima cabeza que no olvida en ningún momento que se encuentra ante personas, tan humanas como el resto, y aunque no lleguemos a sentir lástima por el protagonista sí que resulta triste pensar que la suya es una realidad bastante común. Una persona ensimismada en sí misma, cegada por el dinero en busca de una distracción constante que le permita obviar la realidad política que le rodea. Por esto decía que es realmente irrelevante conocer algo de su pasado, porque la película va exclusivamente de quién es en el presente, y este, digamos, "estereotipo" de persona resulta tan atemporal —la película decide retroceder 50 años para su ambientación— como universal.
Curiosamente veía justo antes de esta película En la boca del miedo (Carpenter, 1994) y, sin entrar en spoilers de la misma, no pude evitar relacionarlas y pensarlas en conjunto. La de Carpenter también trata de un modo u otro sobre esto último que he comentado, el personaje de Sam Neill se ve envuelto en un descenso a la locura por querer separar realidad y ficción en un momento dado, siendo el mismo sujeto moderno que O'Connor, aquel que se autodenomina hoy día "apolítico" —y cree firmemente que esto mismo no es una postura, sino un distanciamiento—.
El final, como es costumbre en el cine de Reichardt, es brillante en todos sus aspectos. Es una película genial y una alegría que algo así salga adelante en estos tiempos tan violentos. Una suerte contar con cineastas de este calibre que, a ritmo de jazz, son capaces de crear películas que cuentan una historia con los pies en la tierra mientras exprimen el lenguaje que el medio les ofrece. Poco más se le puede pedir.


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