Terror en agosto: Breves apuntes sobre WEAPONS y BRING HER BACK

Texto redactado por Javier Navas González.


Si estáis más o menos al día de los últimos estrenos comerciales, es muy probable que hayáis escuchado —o directamente visto— estos dos títulos recientes. Nombrados ya ambos como la película de terror del año, de la década, y demás hipérboles habituales en nuestros días. No considero que el género de terror esté muerto, ni mucho menos —recuerdo poner Kairo en el Top 3 de la lista del S. XXI que escribí hace unas semanas—, pero no son estas cintas las que van a perdurar en el tiempo. 


La mayor decepción para mí ha resultado ser Bring Her Back Devuélvemela, en España—, pues ciertamente disfruté del anterior trabajo de los hermanos Philippou. Su ópera prima, Talk To Me (2022), fue toda una sorpresa para un momento donde el terror nos daba más bien pocas. Una historia con cierto poso, consciente de su tiempo, y con un apartado visual que, sin rozar lo sublime, cumplía y no resultaba irritante en ningún momento —el CGI era incluso sorprendente, permitiéndose alguna toma más larga de lo que sería habitual en otros trabajos—.
Desgraciadamente no puedo hablar tan bien de su nuevo estreno. Dejando a un lado lo repelente de su imagen y puesta en escena 
—por mucho que se esté ensalzando que hayan hecho un par de cambios de lente insignificantes, y recalcando de nuevo un buen CGI—, no deja de ser lo ya visto mil veces, incluso regresando a una estructura y trucos narrativos que ya empleaban los directores en su anterior obra. Presentan al personaje que parece recordar al andrógino protagonista de Titane (Ducournau, 2021) y uno puede ir haciéndose a la idea de que el body horror está por venir —al igual que en la galardonada cinta francesa, de una forma patética, siempre efectista—, mientras nos distraen durante hora y media con un drama familiar de gran desinterés.

Es un retroceso, en todos los aspectos, para los directores, y una película que no parece aportar nada en estos momentos. Pero tal vez mayor es la catástrofe que nos ha dejado Cregger con Weapons. Debo admitir que nunca fui muy fan de su Barbarian, me parece una película facilona, pero fácil de ver y relativamente entretenida, sin sentir que fuese un insulto hacia nadie. Algo opuesto ocurre con esta nueva que viene dispuesta a tomar por tonto a cualquier espectador que se disponga a  visualizarla.

 
Curiosamente el otro día comentaba la escena inicial de El último refugio (Walsh, 1941), y creo que viene perfecta para comenzar a hablar de Weapons. La magistral apertura de Walsh consistía en un montaje lleno de fundidos que encadenaban a modo de elipsis espaciotemporales todo el planteamiento inicial de su película, sin necesidad alguna de emplear el diálogo —sino la imagen— para que se lograra entender lo sucedido. Weapons inicia con varios saltos espaciales también para mostrarnos el problema que desencadenará la trama de la película, pero con un narrador de fondo —que, por cierto, no vuelve a aparecer en el resto de metraje—. Un recurso cobarde y fácil ante la incapacidad de narrar con la imagen, haciendo que la escena pudiera completamente prescindir de ella, pues no aporta información extra en ningún momento y requiere del texto para avanzar. 
El apartado formal no destaca en ningún momento durante la obra, tan sólo en casos así de manera negativa para enseñarnos el poco interés que tiene el director en crear algo interesante. Una vez arranca la película podemos observar una división episódica correspondiendo cada episodio al punto de vista de un personaje distinto, haciéndonos entender que efectivamente Cregger quiere volver a la estructura circular que presentaba ya su anterior largo. Pero cada capítulo —que retrocede en el tiempo constantemente— no sirve para ahondar en lo establecido —pues queda todo bastante visible y previsible en el primer acto— sino para redundar una y otra vez en lo que ya se ha contado. Es como si Elephant  (Gus Van Sant, 2023) en cada capítulo/repetición no mostrase nada nuevo y la película fuera un collage de paseos. Algo ridículo que alarga la duración muy por encima de lo que debería haber sido. Hubiese funcionada mejor como un film fantástico, si no tuviese la necesidad de ligarse constantemente al género de terror mediante escenas gratuitas y sin sustancia.

Y si comentaba al principio que el género no parece haber muerto es porque lejos de todos estos estrenos comerciales que se ensalzan año sí año también, es porque creo que quedan directores —más directoras, incluso— que sí buscan darle una vuelta a esto, reinventar y emplear la forma para narrar algo distinto. Fuera del ya mencionado Kiyoshi no hay que irse muy lejos para encontrar maravillas como La primera profecía (Arkasha Stevenson, 2024), o We're All Going to the World's Fair (Jane Schoenbrun, 2021) o incluso Babadook (Jennifer Kent, 2014). 




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