Crítica HISTORIAS DEL BUEN VALLE (José Luis Guerin, 2025)

Por Javier Navas González

Hace ya 24 años de En Construcción, aquella película sobre el barrio del Raval, que hablaba desde el centro de Barcelona sobre la urbe, las personas y el cambio en torno a un proceso de demolición y reconstrucción de edificios. Decide ahora Guerin salir a la periferia de la ciudad, concretamente al barrio de Vallvona —destino de muchos emigrantes andaluces durante el franquismo, que construyeron allí sus casas de manera alegal—, para mostrarnos el proyecto urbanístico que amenaza con cambiarlo por completo.

Dialogan ambas peliculas entre sí ya desde el comienzo, en una apertura con imágenes en blanco y negro, pero esta vez no son de archivo sino actuales, grabadas en super 8 —recordándonos a su vez a Tren de Sombras—, de unos niños chapoteando en un río donde está estrictamente prohibido bañarse —así como los críos anarquistas de la película de Jean Vigo—. Hay algo ahí incluso de Innisfree del propio Guerin, en tanto que la película es tremendamente fordiana —pienso ahora irremediablemente  en Las uvas de la Ira— y un soplo de western atraviesa la película —no por nada se juega con que uno de los habitantes pida al director hacer una película del oeste en el lugar—: Tantísimas veces ha tratado el género el cambio que el ferrocarril supuso para todos, paisaje y sociedad  —mostrándose como un símbolo de de desarrollo y una promesa de avance a la modernidad en Johnny Guitar, The Man Who Shot Liberty ValanceThe Iron Horse... e infinidad de obras más—, e Historias del Buen Valle también trata esto mismo.

Podría seguir ampliándose la lista de comparaciones —en el coloquio posterior sacaba él mismo nombres como Dreyer, Flaherty o Mekas, visibles todos en su obra—, es un tema presente e inagotable desde cualquier tiempo y espacio, desde la filmografía casi al completo de Pedro Costa hasta el Still Life de Zhangke, los elementos fordianos primordiales están ahí: El paso del tiempo, el paisaje perdido... Pero siempre habrá algo único en los documentales de Guerin, precisamente alejados de las ficciones que hasta ahora he nombrado —aunque parezcan acercarse también a lo ficcional, y es en cierto modo parte de la gracia del director y algo consciente desde su arranque—. 

Es un ejercicio que busca en todo momento la dignificación del referente, sin ningún tipo de artificio. Una mirada humanista a los fragmentos del día a día de estos vecinos, que sin sentimentalismos ni dramatizaciones de la miseria logra emocionar tan sólo con las imágenes frente a la cámara y los sonidos que capta, con el retrato tan bonito de la comunidad que logra, que resulta en una radical contraposición —política y cinematográfica— a la cultura del individualismo. Una película que nos permite conectar un poco con la realidad tras las pantallas, ver esa parte más digna del mundo en la que la vida no resulta en una constante confrontación entre iguales. Y es por esto que cada gesto en su interior termina emocionando, por la sinceridad y generosidad que desborda hasta el más banal diálogo, porque sabemos que no hay imposturas en ello.

Como dice uno de los personajes, el principio social es lo primero, el resto no vale nada, y por todos estos motivos es que resulta bastante incomprensible que una película que no sea esta se lleve la Concha de Oro —todo apunta a la victoria de Los Domingos y, si eso, Guerin repitiendo del jurado como anteriormente—, pues está a años luz del resto de sección oficial y del festival en general. Un estreno importantísimo, al nivel de lo que supuso el regreso de Erice, que nadie debería perderse y que demuestra una vez más que hay autores con una calidad cinematográfica en España sobresaliente.



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