Crónica días 1 y 2 festival de San Sebastián (73SSIFF)
Por Javier Navas González
Al igual que hice con el festival de Málaga de este año, trataré de subir cada 2 o 3 días un artículo comentando brevemente las películas que vamos viendo en esta edición de San Sebastián. De querer extenderme en alguna probablemente lo haga en una crítica individual ya finalizado el festival, pues disponemos ahora del tiempo justo para ir escribiendo un poco cada día e ir pensando en las películas entre paseos. La idea es reunir finalmente las más de cuarenta películas que visualicemos y ver a qué merece la pena seguirle la pista este año.
Empezamos con buen pie viendo lo nuevo de Raoul Peck, Orwell: 2+2=5, quien continúa en la línea de la aclamada I Am Not Your Negro (2016) y trae de nuevo un documental repleto de imágenes de archivo, empleando esta vez la vida y obra de George Orwell para hacer un repaso socio-político de eventos y conductas de Estados Unidos que irá extrapolando al resto del mundo hasta llegar al reciente genocidio de Gaza. Resulta ciertamente triste ver que avanza la película y no hay imagen que no rime o que se sienta incoherente dentro de una escena compuesta por distintas acciones que no comparten espacio ni tiempo. Desgraciadamente es la repetición de las mismas la que permite que esas imágenes sean vistas hoy en continuidad.
En ocasiones puede hacerse algo superficial y hasta reiterativa, más teniendo en cuenta que en sus dos horas de duración podría haber ahondado más en algunos asuntos, pero creo que termina siendo una obra bastante sólida y más que necesaria en estos momentos, para abrir los ojos de muchos y seguir insistiendo en el vínculo intrínseco entre arte y política.
Continuamos viendo una de las películas de las que menos esperaba en todo el festival: Nouvelle Vague de Richard Linklater. Para sorpresa de todos, toda la prensa aquí ha coincidido en lo mismo, poniendo más o menos pegas posteriormente: La película es extremadamente divertida, y emotiva hasta cierto punto.
Partíamos de una idea aparentemente ridícula, un documental del rodaje de Al final de la escapada, algo bastante poco interesante a primera vista y alejado de la idea que uno puede llegar a tener sobre el cineasta encargado de ello. Lo cierto es que, al menos en mi caso, la emoción vino aproximadamente a mitad de película, al darme cuenta de que efectivamente estaba viendo Nouvelle Vague y no el verdadero rodaje de la cinta de Godard, y esto es precisamente porque Linklater lo estaba consiguiendo de nuevo. Volviendo al estilo de sus mejores películas, aquel cineasta humanista, tan cercano al documental de Dazed and Confused, SubUrbia, Everybody Wants Some... Durante gran parte de la película te crees por completo lo que ves, olvidando que se trata de una.
El mayor error en cambio es cuando algunos elementos desvelan el artificio y te sacan de toda esa diversión. Unos letreros aparecen con cada inclusión de un personaje relacionado con la industria (Resnais, Bresson, Varda...) como si de un cameo de Marvel se tratara. Y es una lástima que esta u otras decisiones (el terrible final) terminen manchando una obra que podría haber sido muchísimo más y que, tengo el presentimiento, no funcionará tan bien en casa cuando se lance directamente a plataformas de streaming.
Sentimental Value es una de esas películas sobre las que preferiré ahorrar saliva. Nada merece la pena en ella, y no siendo Joachim Trier un grandísimo cineasta, tampoco me explico que salga adelante con un proyecto como este. Sentimentalismo barato, casi pornográfico, con una puesta en escena totalmente lamentable en la que no hay siquiera un plano minimamente interesante. Un telefilme malo, y la tarde estuvo repleta de ellos (unos mejores que otros, aunque nunca peores que el de Trier, que me extrañaría que fuese adelantado por alguno en ese último puesto). Climbing for Life fue uno de ellos, que sin caer en tanto sentimentalismo resulta en una película tierna, agradable, aunque ciertamente larga en algunos tramos. Los Tigres, el regreso de Alberto Rodríguez, fue el otro. Una cinta con un buen manejo de la tensión que, sin ser algo muy distante a lo que encontraríamos haciendo zapping a la hora de la siesta, nos hizo pasar un rato relativamente agradable (o incómodo, más bien, la mayoría de su metraje transcurre bajo el agua y resulta asfixiante).
Terminamos el primer día con la nueva de Assayas, El Mago del Kremlin. Un biopic del asesor de Putin casi tan malo como la que comentaba antes de Trier, pero esta vez cae tanto en el rídiculo que consiguió sacar alguna risa. Porque de nuevo hay poco salvable aquí, en una película de 2h y media consistente en plano contraplano donde un reparto con figuras como Paul Dano o Jude Law hacen papeles desastrosos.
El segundo día no fue mucho más gratificante, aunque hay cosas interesantes por comentar. La ópera prima Before the Bright Day era bastante agradable a la vista, lo que de entrada se agradece ante tanta monotonía visual, pero desgraciadamente era un coming of age sin mucho que contar que utilizaba la toma larga y más recursos formales tan sólo por estética, demostrando con algunos de ellos que no tenía mucha intención en narrar con sus imágenes y resultando en una decepción bastante grande. Two Pianos de Desplechin iba por el mismo camino: Su primera hora es infumable, primeros planos continuos con una historia amorosa que no genera ningún tipo de interés. Por suerte, su segundo tramo decide alejar la cámara y lograr escenas de una grandísima belleza visual, pero la trama es la que es y termina rápidamente volcándose como siempre (recuerdo, es Desplechin) a lo pornográfico, alcanzando algunos límites bastante ridículos.
No soy un gran admirador del cine de Panahi, aun admitiendo sus méritos. Su última película, It Was Just an Accident, ganadora de la Palma de Oro, también me parece una de sus peores. Ya sea por lo explícito de su discurso o por la escenificación del mismo (abandonando esa idea cercana al documental de sus otros trabajos, quizás lo más interesante de los mismos pues no es necesario nada más que coger una cámara y salir a la calle para hablar de su país). Aunque sus últimos minutos sean potentes, el conjunto se cae a pedazos y el humor apoyado constantemente en ese cine de la tortura tan de moda en nuestros días no me funciona en absoluto.
Tal vez lo que más esperaba del día era la visita de Denis Lavant, actor protagonista de Redoubt, ópera prima sueca. De la película no tengo mucho que decir porque tampoco lo tenía ella, era un intento de Béla Tarr algo vacío y apoyado principalmente en el actor. Pero antes de esta vimos Urchin, debut en la dirección de Harris Dickinson. Una película interesantísima, mi favorita de estos dos primeros días al contar con una voz joven y muy libre a la que se le notan las ganas de querer contar algo. Una historia de reinserción llena de un humor divertidísimo (sin olvidar en ningún momento su presente), con un actor protagonista espectacular y unas ideas formales admirables. Tal vez se extienda demasiado en una subtrama algo onírica que no termina de cuajar, pero funciona de forma muy sólida como una ópera prima en la que el director se muestra como alguien a quien tenerle el ojo echado.




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