ESCUETA IMPRESIÓN DE "UNA BATALLA TRAS OTRA"

Ahí les va una breve impresión de lo nuevo de Paul Thomas Anderson, redactado inmediatamente después de la proyección de la película, para aquellos que quieran leer más sobre ella, comparar opiniones, o simplemente saber que opina el resto de los mortales.
Después de burlar como un delantero cualquier tipo de información previa al visionado de la película —salvo algún que otro tráiler primigenio, que no daba demasiadas esperanzas— hoy me he sentado en un cine a ver la nueva de Paul Thomas Anderson. He entrado a la sala con una supresión de expectativas temeraria —desconfíen siempre de aquella película a la que califican como “mejor del año”—, quizás motivada por cierta seguridad: al final es Anderson adaptando a Pynchon, y dudar uno de esta dupla sería como desconfiar de sus propios padres.

 


La película presenta un Anderson con un tono totalmente diferente al que yo estaba acostumbrado y albergaba en mi memoria, al que quizás podemos entrever en Puro Vicio (2014), en tanto que ambas, además de ser las dos únicas adaptaciones de Pynchon de la carrera de PTA, comparten temática al hablar sobre la lucha persistente de la contracultura contra el autoritarismo dominante, la eterna paranoia americana y la desilusión del idealismo político en EE. UU., todo esto relatado en ambas a través de un viaje de enajenación, protagonizado por personajes marginales, el encarnamiento mismo de la contracultura —hay que decir que Una batalla tras otra (2025) es una película algo más “facilita”, que no por ello menos buena—.

Quizá lo más destacable de Una batalla tras otra sea la exploración que hace de la sexualidad. Principalmente se observa en el personaje de Sean Penn, aquél que más me ha interesado de la cinta, ejemplo evidente de la sexualidad ultraconservadora estadounidense: racista empedernido de cara al exterior, pirrado por las mujeres afroamericanas en la intimidad. Ejemplos de esta clase los vemos diariamente en EE. UU., uno de los países más transfobos de occidente, cuando se muestra que las categorías pornográficas trans son aquellas que predominan en los estados más trumpistas y conservadores. El personaje de Penn representa la fetichización y la objetificación del otro, de lo diferente, en orden a poder deshumanizarlo y prolongar el abismo de la diferencia.

Si bien antes he mencionado el cambio de tono de la cinta respecto al resto de la filmografía de Anderson, hay algo que no cambia: el carácter optimista de su trabajo. Su cine suele albergar historias devastadoras que en la mayoría de los casos finalizan con un atisbo de esperanza que abre camino a una posible mejoría de las situaciones vitales de los personajes. En esto reincide Una batalla tras otra, lo que acaba pasándole factura: Anderson podría haber dejado la película haciendo algo más de hincapié en el daño al que están condenados los hijos de la revolución, hecho que se puede comprobar con mirar la historia —la Revolución Francesa, la Revolución de 1917, la de China del 49, mayo del 68...—, pero decide acabar la película con Di Caprio haciéndose fotos con su nuevo móvil después de solucionar de manera más bien pueril el tema de la madre que abandona a su hija, ahora convertida en una activista pacífica, en un final en mi opinión más cómodo y hollywoodense que otra cosa.

Pero oye, que es muy entretenida.

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