Sin amor propio: Crítica "BLUE MOON" (Richard Linklater, 2025)



El biopic parece haber conquistado definitivamente el terreno de los Oscar. En esta década hemos contado anualmente con al menos una nominación a mejor película para uno de ellos: Le Mans '66, Mank, King Richard, Elvis, A Complete Unknown... Todas ellas abarcando un periodo de la vida de un personaje más o menos relevante y narrando su día a día hasta la llegada de cierto evento que diese clímax tanto a su carrera como a la película. 
Dudo que Linklater llegue a estos premios, más aún que le interesen, pero este año ha decidido retrotraerse en dos ocasiones al pasado. Primero, para narrar de manera excelente aquellos días de rodaje de Godard en su Nouvelle Vague que ya comenté en mi crónica desde San Sebastián; y ahora con Blue Moon, junto a Robert Kaplow al guion —al que el director curiosamente ya había adaptado en Me and Orson Welles— para trasladarnos un par de horas a la noche del estreno de Oklahoma!.

Lo cierto es que esta reconstrucción de un simple evento tan pequeño resulta bastante más arriesgado así como revelador e interesante que tantas otras sobre mayores lapsos de tiempo. Uno conoce y entiende a Lorentz Hart —Ethan Hawke, en la que quizá sea la mejor actuación de su carrera— desde su comienzo: Dos citas, una de Oscar Hammerstein II y otra de Mabel Mercer, le describen como una persona divertida y la más triste que ha conocido, respectivamente; previas a la corta escena que nos muestra su muerte para pasar mediante elipsis a esta noche de estreno 7 meses antes, en la que Lorentz abandonará su butaca para ir a un bar que exclama desde su entrada estar cerrado.
Dentro, el primer plano entero que vemos de él nos revela la baja estatura —que la película se encargará de enfatizar llegando a abandonarlo del encuadre— de quien acto seguido comenzará a recitar apasionadamente diálogos de Casablanca con el camarero —mantendrá esta, como la película de Curtiz, esa dominación de un único espacio así como la guerra en fuera de campo— . 

Da comienzo así una verborrea magistralmente dialogada —casi monologada— que nos hace entender y simpatizar de forma rápida con su protagonista, retratado aquí antes como humano que como mito. Y le acompañamos a lo largo de todo el metraje deambulando por el bar, de silla en silla —cada cual más baja que la anterior—, conversando con todo aquel que se encuentra y dejándonos ver todos sus temores, su desesperanza, ahogados en alcohol y en el amor de quien aún ve en él un gran artista, Elizabeth Weiland —descomunal Margaret Qualley, de unas miradas en las que es difícil no perderse—. El lento y tierno descenso de quien ya conocemos muerto no es captado de forma sentimentalista, más bien documentalista, pero el dibujo que Linklater y Hawks trazan de Lorentz es complejísimo y rico en detalles, tan humano como para que uno pueda llegar a empatizar con su personaje, descrito por sí mismo como un "neoyorquino de condenado optimismo" al compararse con un ratoncillo que habita su piso y siempre cae en la misma trampa.

Siempre se había interesado Linklater por el tiempo y sabía bien como suspenderlo y jugar con él. En su aclamada trilogía uno quedaba absorto en larguísimos diálogos deambulando por distintas zonas de Europa. Aquí, tras desvelar la separación con Richard Rodgers —Andrew Scott— y tener varias conversaciones como antiguos socios, se replica una de esas escenas en las que el tiempo pareciera detenerse por completo, esta vez, en un ropero. Lorentz entra a él para hablar en intimidad con Weiland, sentándose siempre, como hemos estado observando, por debajo de ella, y siendo aquí por primera vez oyente. Ella parece consciente de estas alturas y busca siempre mirarle de frente, hasta cuando el letrista termina por el suelo mientras ella le confiesa que el amor no es correspondido, pero le entrega honestamente su respeto. 

Sorprende el corazón tan grande y triste que puede caber en una película de apariencia tan pequeña, y lo mucho que un gesto o contraplano puede llegar a transmitir en ella. Es ciertamente difícil poner en palabras todas las emociones que aquí paradójicamente rebosan de unas tan contenidas actuaciones 
—tal vez fuera algo incluso reiterativo al ser una película tan hablada—, pero cuando vemos a Weiland partir con Rodgers y la cámara nos desvela el rostro de Lorentz, podemos sentir algo que nos abandona también a nosotros. Parece irse en esa última mirada toda una juventud, un sueño, la esperanza por salir del pozo, y ahora solo queda volver a la barra, pedir otro trago, y conformarse con el público que allí quiera escuchar las desgracias de un hombre que ya ha muerto, porque ha perdido la esperanza en cualquier futuro.








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