Comentario sobre Kill Bill: The Whole Bloody Affair



Ante la llegada de la versión definitiva de Kill Bill a salas, no he podido evitar sumarme a toda la ola de personas que han acudido en masa a atravesar las más de 4 horas de su metraje, tras varios años sin regresar a él. Una experiencia disfrutable, aunque resulta una pena que el Volumen 1 no se vea en su máximo esplendor —se aprecian fallos de definición, en algunas escenas más que en otras; y el salto de calidad en cuanto comienza el segundo es notorio. Al parecer le ha pasado factura la transferencia del montaje digital, una decisión extraña querer mantener esto como la versión oficial—; ante la que me apetecía escribir algunas palabras.


Con los años y las revisiones cada vez veo el primer volumen de Kill Bill más torpe —algo curioso, pues era mi cinta favorita de un director al que ya dejé de detestar hace bastante tiempo—. Esta vez he encontrado poco salvable en ella, a excepción de su excelente banda sonora. Algunas cosas aquí presentes las comentaba el otro día con un amigo a la salida de Érase una vez en Hollywood —que también ha pasado por salas en mi ciudad esta semana—: Pareciera justificar su violencia tan sólo en la hipérbole, como si esto constituyera algún tipo de comentario sobre la misma —algo bastante alejado de las previas Reservoir Dogs y Pulp Fiction—, cuando no deja de ser ese burgués arte por el arte —o sangre por la sangre—; también me sorprende que sea una película tan ligada a estudios de género, porque no recuerdo una cinta de Tarantino tan fetichista como esta. El conjunto resulta en un pastiche tremendamente efectista que no aporta nada en sí mismo —tampoco creo que lo pretenda; ha sido Tarantino siempre alguien que ha aportado más estética que técnicas a la historia del cine—, de un montaje bastante torpe aunque su estructura lo haga parecer algo ingenioso —ayuda bastante cuando de manera consciente se acerca a la serie B/lo amateur, porque cuando no lo hace, cae en ello accidentalmente con resultados bastante feistas y de escenas tan sonrojantes como el despertar de Thurman en el hospital o, en general, cualquier combate que haría el ridículo puesto en común con sus referentes asiáticos, como suele ocurrir en estos traslados americanos—.

Si apruebo el conjunto —aunque sea difícil tras la decisión de incluir en él un terrorífico epílogo a modo de postcréditos— es porque el segundo volumen mejora y lo eleva enormemente. De pronto surge en él un director mucho más talentoso que permite a la historia respirar, que comienza a preocuparse por sus personajes, les da un espacio y tiempo para que crezcan —muchísimo más cercano al que se presentaba en la fantástica Jackie Brown—, y deja un poco de lado la muerte para hablar de la vida —de la identidad, la maternidad, el amor—. Sustituye el concepto de venganza de la anterior y elimina la posibilidad de un clímax, algo quizá más cercano a un mejor entendido western crepuscular que todos los referentes operando en el primer volumen. No es perfecto, y aunque disimule bastante mejor sus fetiches siguen estando presentes durante el metraje, pero deja bastante atrás a ese autor encapsulado en su propia cinefilia para permitir, de forma muy valiente, que el cine se rinda tras horas de coreografías ante algo tan desprovisto de espectáculo como una conversación y una decisión moral.





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