Comentario sobre Kill Bill: The Whole Bloody Affair
Ante la llegada de la versión definitiva de Kill Bill a salas, no he podido evitar sumarme a toda la ola de personas que han acudido en masa a atravesar las más de 4 horas de su metraje, tras varios años sin regresar a él. Una experiencia disfrutable, aunque resulta una pena que el Volumen 1 no se vea en su máximo esplendor —se aprecian fallos de definición, en algunas escenas más que en otras; y el salto de calidad en cuanto comienza el segundo es notorio. Al parecer le ha pasado factura la transferencia del montaje digital, una decisión extraña querer mantener esto como la versión oficial—; ante la que me apetecía escribir algunas palabras.
Si apruebo el conjunto —aunque sea difícil tras la decisión de incluir en él un terrorífico epílogo a modo de postcréditos— es porque el segundo volumen mejora y lo eleva enormemente. De pronto surge en él un director mucho más talentoso que permite a la historia respirar, que comienza a preocuparse por sus personajes, les da un espacio y tiempo para que crezcan —muchísimo más cercano al que se presentaba en la fantástica Jackie Brown—, y deja un poco de lado la muerte para hablar de la vida —de la identidad, la maternidad, el amor—. Sustituye el concepto de venganza de la anterior y elimina la posibilidad de un clímax, algo quizá más cercano a un mejor entendido western crepuscular que todos los referentes operando en el primer volumen. No es perfecto, y aunque disimule bastante mejor sus fetiches siguen estando presentes durante el metraje, pero deja bastante atrás a ese autor encapsulado en su propia cinefilia para permitir, de forma muy valiente, que el cine se rinda tras horas de coreografías ante algo tan desprovisto de espectáculo como una conversación y una decisión moral.



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