Crítica: El día de la revelación (Disclosure Day) (Spielberg, 2026)


Al comenzar los títulos de crédito finales y encender las luces de la sala, se discernían distintas voces desde las butacas vecinas: "Ha estado guay", "No ha sido una película de acción al uso", "A mí me ha recordado a Superman, por lo de los cristales". La reacción inmediata del público, dentro y fuera de la sala de cine —en redes, críticas...— denota bastante bien lo acertado de El día de la revelación, eso que exclama durante su tramo final: No sabemos mirar imágenes.

Spielberg se esfuerza por demostrar —y es de agradecer— que el cine de ciencia ficción comercial puede ir más allá del cinismo al que acostumbra, pero parece que el público ha quedado atascado en él. La idea es consumir una película "de acción", "de alienígenas", y seguir con la rutina sin alteración alguna en la mente. El director no se posiciona con esta película —ni con ninguna otra— por encima del espectador, no cree ser más intelectual que él, tan solo confía en la imagen, en el celuloide, siempre lo ha hecho. 
Su nueva película tiende a la comparación fácil con otras que han empleado —y no tratado— el tema de los extraterrestres, ya sea Encuentros en la tercera fase (1977), E.T. (1982), o La guerra de los mundos (2005). Y aunque la otredad siga presente aquí —junto a muchos de sus otros temas recurrentes, pues sigue confiando también en la infancia, añorando ese regreso al pasado y retrotrayéndose a tantas de sus obras—, es a otra de esas películas post 11-S a la que creo que más recuerda: Minority Report (2012). Porque si bien sus referentes más cercanos pudieran llevar a otras ideas —Hitchcock, Pakula, Carpenter—, es su humanismo tan fordiano el que prevalece por encima de todo y le lleva a volver a hablar sobre la verdad, una que en tiempos de posverdad y algoritmos pareciera desconfiable, pero siempre conveniente ser revelada. Lo curioso y acertado es que Spielberg decida no revelarla, que tras casi 2h y media de metraje recurra a un final aparentemente sin cierre porque, primeramente, no considera ser alguien divino como para posicionarse en ese lugar, y finalmente no cree que el espectador merezca la información si no es capaz de hacer lo necesario para adquirirla: Detenerse y, como suplican las últimas palabras del personaje de Emily Blunt, escuchar.

Es curioso que ante los tiempos que corren y la lucidez del último acto de la película, la crítica parezca orbitar ante los mismos temas: La inverosimilitud y el "cutre" CGI empleado para los animales. Irónico suplicar por el realismo en una película que trata sobre la imagen de tal manera: ¿Acaso ante las imágenes reales de la guerra de Gaza alguno ha reaccionado de manera distinta? ¿Habrán observado con tanta atención la revelación final ficticia del epónimo día, y la que se da en nuestros teléfonos móviles diariamente desmantelando mediante miles de archivos toda una red de trata y abusos de menores? Algún espectador se retorcía observando cómo los militares estadounidenses maltrataban un alienígena, ¿harán lo consecuente frente a las imágenes del telediario en sus casas? 
Sí, definitivamente el problema está en notar los píxeles de la tierna dupla que forman un zorro y un ciervo.
Quizá la escena inicial de El día de la revelación no sea la que mejor asienta el tono de una película de este calibre. Quizá, incluso, pudiera haber resuelto alguna escena con mayor astucia en su montaje. Lo que es seguro es que Hollywood hoy día puede aspirar a poco más de lo que Spielberg ofrece, y nunca alcanzar su empatía, porque a pesar de mostrarnos el grado de estupidez al que podemos llegar —pues no atenderíamos a ninguna imagen si no es enunciada por algún ser de otro planeta—, resulta amable el gesto de colocarnos tan gentilmente un espejo frente a nosotros, y confiar en que lo miremos sin pedirlo. Dice mucho de él —como humanista, como cineasta que la imagen más violenta y en la que más se detenga sea, justamente, la destrucción de un iPhone.

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