Crítica: MOTHER MARY (David Lowery, 2026)
El cine de David Lowery siempre me ha interesado fuera de sus expediciones en el mainstream. Aun con sus evidentes irregularidades, sus películas poseen el ingenio y la inventiva suficiente como para ser tenido en cuenta y querer seguir la pista de sus próximos trabajos. Mother Mary sigue un poco en la línea de las anteriores, con grandes virtudes y otras tantas torpezas.
Recoge aquel minimalismo que tan bien le funcionó en A Ghost Story (2017) —para mí, una de las grandes películas de los últimos años, de no ser por tener una escena a final de metraje que echa a perder gran parte de lo construido—, llevándolo ahora por una vía más teatral que enfrenta en un duelo actoral a Anne Hathaway y Michaela Coel, ambas titánicas cargando gran parte del peso de la película. Es mediante sus diálogos y la forma en que sus personajes se van construyendo a través de estos que comienza a explicitarse una relación directa con Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), y salvando las distancias con la obra maestra de Fassbinder, Lowery logra realmente bien influenciarse de ella en su puesta en escena —tras momentos algo torpes de montaje, los contraplanos aquí resultan hipnotizantes, así como los juegos de luces y ese horror vacui que se destruye conforme se cierran los planos—. Termina funcionando la primera mitad de Mother Mary casi a modo de remake de la alemana, a nivel formal y temático —rescatando parte del argumento, así como su temática homosexual—.
Pierde algo de fuelle en esa segunda mitad, más cercana a las metáforas visuales de El caballero verde (2021), pero también más desproporcionada, menos imaginativa —quizá por deberle demasiado al Vox Lux (2018) de Corbet o a Suspiria (Guadagnino, 2018)— y en general muy distante de una primera parte mucho más sólida y terrenal. Las escenas musicales están grabadas con bastante poca gracia, haciendo que uno piense y extrañe la grandeza con la que recientemente lo hacía Shyamalan en Trap (2024), y la banda sonora en sí misma, donde participa la ya icónica Charli XCX —cuyos últimos acercamientos al mundo del cine me fascinan, desde la inclusión de Cronenberg en su último álbum, Music, Fashion, Film; hasta la maravillosa banda sonora que hizo para la nefasta adaptación de Cumbres borrascosas que estrenó Emerald Fennell a principios de este año—, resulta bastante plana, sin personalidad alguna.
Se agradece por encima de todo una propuesta con bastante ambición, de cierta calidad cinematográfica, que se atreva el mismo fin de semana a competir en taquilla con la multimillonaria entrega del hombre araña y su CGI resulte más creíble que el de esta última. Queda pendiente ver si el director se atreva quizá algún día a probar algo más allá de la fantasía, pues parece ir adaptándose cada vez mejor a la realidad.


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