Crítica: LA BOLA NEGRA (Javier Ambrossi, Javier Calvo, 2026)


La Bola Negra es ya un fenómeno de masas indiscutible. Ha logrado atraer la atención de todo el mundo, hacer que las salas se llenen y tantos se alegren por ello. Todo esto suele acarrear rápidamente lo que aquí ha sucedido, y es que la película tenga que gustarte por decreto. Que si uno la critica es un fascista, un homófobo, o no la ha entendido —se olvida la posibilidad de que alguien sea de izquierdas y simplemente no disfrute de la superproducción burguesa de la temporada—. Lo triste es, resumiendo, que vuelva a demostrarse lo mucho que interesa el fenómeno, y no tanto el cine. Lo interesante es dejarse llevar por —valga la redundancia— la bola de nieve que ciertos medios y festivales han ido agrandando respecto a ella, salir del cine diciendo que estamos ante una obra maestra y esperar a que el siguiente haga lo mismo, sin buscar diálogo alguno o pensar el por qué de lo afirmado.

Habría que plantearse ciertas cosas en términos cinematográficos —también, aunque no vayan desligados de lo primero, políticos, éticos y discursivos—, para entender por qué uno conecta o no con una película de estas dimensiones. 

La película comienza con una sucesión de planos que unen ya los tropos del cine rural de estos últimos años, donde se adivinan ligeramente las torpezas y estereotipos de los que se valdrán durante el resto del metraje. No sostienen tampoco ninguno de ellos como para poder apreciar ligeramente la imagen, y deciden comenzar a montar estruendosamente una escena donde se sirven de los cortes para acelerar a toda mecha la acción mientras resaltan las pocas nociones para llevarlos a cabo. En dicha secuencia además, la palabra se utilizará para resaltar lo que uno ya ve con los ojos; lo que sumado a los siguientes planos —unos, igualmente mal conectados, de Sebastián escalando la estatua de San Sebastián— termina por subrayar lo evidente: estamos ante una película obvia, en absoluto sutil, e hiperbólica en todos sus aspectos.

Escenas por el estilo se dan de manera constante —es de muy mal gusto la de los fuegos artificiales, una de las más ridículas que recuerdo en el cine reciente—, pero más allá de las limitaciones como cineastas que puedan poseer, los problemas de la película siguen yendo mucho más allá. Ciertos maniqueísmos impregnan el discurso sobre la Memoria Histórica, unos que se agradecen más bien poco cuando hablamos de Guerra Civil y que, desgraciadamente, tienden a sobresalir constantemente, más aún en el cine español. Los Javis aquí escogen una representación no sólo esteticista, sino puramente conciliadora del golpismo franquista —y una muy simplista y fetichista del poeta granadino—.

El problema principal no es siquiera situarse en la Guerra Civil ni en situar en ella el tema de la represión sexual, sino en la decisión de estancarse en la memoria, en su conformismo. Dentro de las tres líneas temporales que emplea la película —con una espantosa agregada de última hora en el metraje para explicar lo ya mostrado durante la anterior hora y media—, quizá la más interesante sea la que se da en el presente con un dramaturgo que topa con la obra de Lorca. Y aun con ello, resulta bastante problemático que su realidad presente —la nuestra— sea una representación cuyo único conflicto tiene que ver con el pasado.

Volviendo a aspectos no narrativos, la música llega a ser otro de sus grandes defectos por no saber cuándo aparecer o desaparecer. Termina siendo omnipresente y machacona, con tendencia siempre hacia la epicidad —es en base a la comerciabilidad de sus formas y discursos que la película prioriza constantemente sus decisiones—; no permite un solo descanso para que el espectador respire o asimile a sus personajes. Personajes totalmente arquetípicos empleados como marionetas, y encarnados de forma muy pobre: La inclusión de Guitarricadelafuente no es especialmente acertada, mucho menos aún las de Judeline, Lucadamo o El Bugg —insertados con calzador para atraer a cierto sector juvenil—. Tampoco se salvan Penélope Cruz en su irritante escena musical, Natalia de Molina sin lograr captar el gracejo que los directores buscan, Glenn Close en una escena bastante ridícula o Lola Dueñas en una de las peores actuaciones de su destacada carrera. Y la lista sería infinita —Milo Quifes, Albert Pla… Bernardeau pudiera salvarse y Los Javis no saben filmarle como merece—, tanto cameo resta honestidad y seriedad al producto, y la distancia tan fría que se genera con él hace que no funcione tampoco en un plano emocional. 

Precisamente en la comentada escena de Glenn Close puede discernirse otro de los mayores problemas: Su personaje viene a defender la imposibilidad de estudiar la obra de Lorca sin pensar en su condición sexual. Hasta ahí bien. El problema viene cuando los directores interpretan esto como si la homosexualidad del poeta fuera, de manera directa, su obra. Como si Lorca fuese “gay” mucho antes que “humano”, y fuera la homosexualidad lo único importante en su persona —ni su ideología ni mucho menos su arte. Y no fue solo por homosexual por lo que le asesinaron—.

Dentro de toda esta espectacularización desmedida, resuena aún un último tema a comentar al que tanto bombo le han dado en entrevistas estas semanas: Cuando buscan mediante la imagen aludir o emular algunos de sus referentes todo termina sintiéndose excesivamente forzado, plano. Recuerda muchísimo antes a un anuncio de Jean-Paul Gaultier que a Fassbinder —tal vez el cineasta queer por excelencia en la historia del cine—, y son solo capaces de rescatar las peores y más excesivas características de Almodóvar, Sorrentino o Guadagnino; nunca sus virtudes.
Afirmaban también haberse inspirado en Tarr, Tarkovsky y Angelopoulos para la película. Lo que parecen no haber entendido de estos cineastas es que la belleza no debe buscarse; que hay cosas que requieren un tiempo para surgir por sí mismas. Y a La Bola Negra le falta, irónicamente, mucha poesía.

La planitud y desconexión de sus imágenes ha llevado a lo que llevamos ya presenciando un fin de semana: Las redes sociales se inundan de personas fotografiando la pantalla, publicando ese fotograma tan impresionante que resulta tener valor de forma aislada y no en conjunto, acompañado de alguna de las mil frases que inundan la película en busca de la iconicidad inmediata, del tweet viral.

La película es generacional en tanto a que su crítica lo es: Ambas están huecas, y se repiten en imágenes y palabras para terminar siendo igual de vacías; en tanto a que busca la infantilización de una mirada que se encuentra ya, por norma general, muy acomodada. Es, en definitiva, merecedora de todo Oscar posible. Dejo en manos del lector interpretar estas palabras.


«¿Si la esperanza se apaga
y la Babel se comienza,
qué antorcha iluminará
los caminos en la Tierra?

¿Si el azul es un ensueño,
qué será de la inocencia?
¿Qué será del corazón
si el Amor no tiene flechas?

¿Si la muerte es la muerte,
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?»

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